asustan y los sentimientos no aplastan".
Este pequeño libro que Haber debatió línea a línea con Lozza, tiene entre otros méritos el haber sido el primero en abordar las leyes
específicas del arte concreto aplicado a lo bidimensional y el que encaró sin tapujos el tema del goce estético en una dimensión diferente:"La pintura clásica despierta la emoción correspondiente al conocimiento de la cosa figurada, y los valores estrictamente pictóricos son aprehendidos posteriormente por un proceso discursivo en el cual el espectador busca la aplicación de conceptos estéticos conocidos de antemano. Esta operación traerá una emoción secundaria que no corresponde a la captación intelectual de la belleza misma, sino al proceso mental de un pensamiento sobre dicha belleza.
La belleza debe entregarse totalmente, sin desenvolvimiento temporal a las vías afectivas.
Resumiendo: el pintor concreta con la razón una manifestación particular de lo bello, que el perceptor recibe por una intuición emocional y que es objeto de conocimiento para una intuición intelectual.
Estamos frente al advenimiento de una emoción distinta a la provocada por el conocimiento de la naturaleza o por los objetos creados por el hombre fuera del campo artístico. Y esa emoción, que constituye el goce estético legítimo, es diferente a cualquier otra...es un sentimiento que se eleva por encima del caos angustioso y dolorido, y que supera la mera contemplación".
Pues bien, para llegar a ese "goce estético legítimo" hubo que cambiar de cuajo las reglas de juego en la pintura, y acabar con los conceptos tradicionales enraizados hasta la médula a través de los siglos y las generaciones.
e necesitaban otras maneras de sentir, de actuar, de pensar y de participar. Los caminos de la
creación -polemizaba Lozza- no estaban en la desmaterialización,
en la desesperada búsqueda de lo interior, en el uno mismo profundo, complejo y tantas veces angustioso,

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