sino en la naturaleza, en lo material, en sus leyes, en su
dialéctica. Si el caballete había sido arrojado al precipicio de las antigüedades, la contraparte no estaba ni el evadirse de la realidad, ni en el
"drippling" de un inconformista y torturado Pollock, sino en crear una nueva coherencia que aporte a la realidad con verdad,
con júbilo, sin exacerbados estímulos a la búsqueda de
"nuevas
sensaciones" interiores.
Abraham Haber lo explicaba así: "El arte concreto está dando la batalla contra una serie de prejuicios, que naturalmente tienen sus raíces en la concepción del arte tradicional.
"Así pinta cualquiera", hemos oído decir despectivamente frente a la pintura inventada. Efectivamente, es así. Esa es una virtud. Todo aquel que piense puede materializar en un objeto el contenido de belleza que le pertenece como ser humano...
Si todos los hombres piensan, todos los hombres crean.
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El nuevo arte ha abierto el camino para poner en práctica este principio".
Tales conceptos lo debatían Haber y Lozza en el invierno de
1947 (ver foto), desarrollaban la idea que todo aquel que piensa podía ser un creador concreto, realizar su obra y construir belleza. Inauguraba de tal manera una etapa en la cual -por lo menos en la teoría, ya que en la práctica la pintura concreta era y sigue siendo tema de minorías- el arte era de todos y para todos, capaz de ser creado por individuos pensantes, y no solo por obra de una elite de dotados con una determinada genialidad e inventiva. Cada pintura concreta, explicaba Lozza en las tertulias, podía ser multiplicada, reproducida cuantas veces se quisiera y modificarse mediante la aplicación de las leyes de la naturaleza y de los números, con lo cual arrasaba también con las reglas del mercado, con los precios de la obra de arte, etc. Era toda una trasgresión antisistémica.
A una conclusión semejante arribaría años después Andy Warhol, con la diferencia importante que el norteamericano lo aplicaría en el terreno de la representación y con técnicas muy diferentes. Su objetivo era introducir el arte de manera masiva en la cotidianeidad consumista del mercado y como una forma de corroer las entrañas del individualismo. El capitalismo, sin embargo, pudo más: las obras de Raúl Lozza con su firma se cotizan en dólares, y las de Warhol llegarían a las cumbres de la valorización monetaria.
Poseerlas se convirtió en muchos casos no en placer estético sino en negocio.
Pero volvamos al terreno estético. Lozza señalaba
que lo principal de 1947 fue que se afirmó en la idea de
cambiar el sistema de la pintura, no cambiar simplemente
estilos. Ocurre -explicaba- como en la sociedad
capitalista, se la pretende cambiar, pero si no cambia el
sistema, no hay cambio real. Con esa conclusión, daría
el impulso final

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