Raúl Lozza  


Poseerlas se convirtió en muchos casos no en placer estético sino en negocio.  Pero volvamos al terreno estético. Lozza señalaba que lo principal de 1947 fue que se afirmó en la idea de cambiar el sistema de la pintura, no cambiar simplemente estilos. Ocurre -explicaba- como en la sociedad capitalista, se la pretende cambiar, pero si no cambia el sistema, no hay cambio real. Con esa conclusión, daría el impulso final. 
En su escrito para un simposio en Nueva York, Lozza narró que en 1946, al apartarse de la Asociación de Arte Concreto, de la cual fue uno de sus fundadores, había planteado consideraciones indispensables para superar la crisis que entorpecía el desarrollo hacia el arte concreto. La gran aventura de superar la crisis consistía en hallar la manera de operar un cambio del sistema estructural de la pintura, como él lo decía, para "conquistar una realidad con verdad".

Por lo tanto, se debía desalinear la captación emocional y funcional de la obra de arte y, en cambio, introducir el objeto estético en las contiendas cotidianas de la vida, con las inquietudes del cambio y los júbilos de las conquistas del hombre. Cuatro fueron los problemas o cuestiones a encarar para sentar las bases del nuevo sistema estructural, no aplicables al conjunto de las artes visuales, pero sí a lo bidimensional, a las experiencias realizadas sobre el plano donde el ilusionismo y la representación se habían mostrado con mayor torpeza. Esos cambios debían operarse, primero, en el color, había luego que sustituir el "fondo" por el campo colorido o muro; en tercer término, incorporar a la pintura las leyes estructurales de la naturaleza y, por último, elaborar una "cualimetría" de la forma plana. Comenzó entonces la apasionada investigación del color que culminó en una nueva teoría desplegada en un voluminoso libro inédito escrito y actualizado permanentemente sobre papeles prolijamente recortados de los envoltorios del almacén. No existían por aquellos años los envases plásticos, los fideos "moñitos", el azúcar, la yerba mate o la sal eran envueltos en papel de sulfito blanco, que Lozza acumulaba para después llenarlos con manuscritos a lápiz que finalmente conformaban altas pilas. Por eso hacía notar que tenía "dos millones de hojas manuscritas sin publicar". Hasta ese entonces -señalaba Lozza- el artista acudía indiscriminadamente al color, lo usaba "para ser visto" y como elemento subalterno a las formas para crear así el efecto ilusionista y alienante. Para la nueva teoría, en cambio, no existe la visión del color sin su extensión limitada en el espacio.  Cuando adolescente, un chacarero le había pedido a Lozza que pintara una habitación con el mismo verde de sus sembrados. Ese verde, fuera de tal contexto, no podía reiterarse dentro de la casa, porque el "fondo" -el campo colorido- había cambiado. Este fenómeno de relación entre forma y "fondo" Lozza lo tuvo siempre muy presente y lo aplicaría cuando se impuso el estudio del color en la


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